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El paraíso de las cucarachas asesinas

En mi piso hay cucarachas asesinas. No son cucarachas cualquieras. Carecen de miedo. Mi ex y yo volvimos de un viaje al extranjero de dos semanas. Al regresar había una cucaracha malévola en la mitad del salón y otra en la mitad de la cocina. El inconfundible mensaje que transmitían era “esta es nuestra casa”. Unas valientes cuya misión era evitar masacres del resto de su pueblo. Cualquier medio justificaba el fin.


Yo todo ilusionado, descalzo, me dirigí hacia la nevera para inspeccionar la existencia de bebidas frías. La cucaracha asesina, en vez de esconderse, se abalanzó contra mis pies. Emitía unos rugidos oscuros y tenebrosos. Estaba armada con cuatro sables, uno en cada una de sus cuatro patas delanteras, a saber cuál era la más alfilada. Su intención era acabar con mi vida y comer mis vísceras antes de que se enfriasen. Salí huyendo de la cocina con mi polla entre mis piernas. El peligro era demasiado grande. No quería arriesgar ni mi salud ni mi vida. No me compensaba luchar en esa guerra a muerte que me había declarado una cucaracha asesina por un puto vaso de agua.

 


Mi ex carecía de miedo. Había sido el amargo fin de muchas cucarachas a lo largo de su complicada vida. Una más o una menos no suponía ningún trauma para ella. La peligrosísima cucaracha del salón estaba armada con lanzagranadas. Mi ex no temía la muerte ocasionada por insecto. Ella se sabía fuerte y potente, Con su chancla hecatómbica en la mano, avanzó al encuentro del primer defensor. Psofff sonó la primera granada al ser expulsada de su tubo. Piiif al chocar con la chancla hecatómbica. Psofff. Piiif. La vida de este primer guardián asesino desapareció del universo de una forma aplastante. Él suicida de la cocina no pudo evitar la suerte de su compañera. Unos pobres sables no valían de nada. Lanzagranadas son más poderosas y el guerrero de la cocina había fenecido de manera brutal. Cuatro sables de mierda contra una chancla hecatómbica, no valían para nada. Ambas temerarias cucarachas asesinas entraron por la puerta grande a su paraíso.


¿Cómo será el paraíso cucharachil? ¿Tendrán huevos que criar? ¿Habrá alimento en abundancia? ¿Será esto carroña humana? Ese secreto me fue revelado en los pocos instantes entre que la cucaracha asesina del salón empezó a disparar con sus lanzagranadas hasta que se oyeron menguar hasta desaparecer los gritos de dolor de la cucaracha asesina de la cocina mientras su vida se iba escapando. Una chanca hecatómbica no es un juguete. Las cucarachas temen este instrumento de devastación sobre todas las cosas.

Mi menté se fue llenando de imágenes visuales cada vez más vívidas y repugnantes. Fue cuestión de pocos minutos desde que estallaron las primeras granadas hasta que cesaron los gritos de dolor. Lo que daría por haberme librado de unas imágenes tan asquerosas. Olía a carne podrida. Por todas partes iban cucarachas en grupos de siete. Este era el número de alimañas necesarias para una fertilidad óptima. No. Las parejas no son suficientes para las cucarachas. Ni los tríos. Follan de siete en siete. Subir fotos al Facebook supondría que todo el país fuera bloqueado por dañar la sensibilidad de manera extrema. Detrás de cada grupo iban cuadrillas de hormigas eunucas recogiendo el reguero de huevos y llevándolos a las granjas de cría


Eran buenas ingenieras, esos insectos asquerosos. Había estructuras gigantescas, llenas de cables y poleas. De varias de estas edificaciones había seres humanos colgando. En todo momento había una persona chillando de sufrimiento. Equipos ingentes de cucarachas apoyados por hormigas eubucas usaban sierras inmensas, controladas por esa maraña de poleas. Los gritos iban reduciendo su intensidad a medida que el ser humano torturado iba desangrándose en un complejo sistema de cañerías que desembocaban en las granjas de cría. La sangre humana era el mejor alimento posible para los primeros días de las larvas. Equipos de cientos de hormigas eunucas llevaban la carne humana, en su óptimo estado de putrefacción, a las salas de alimentación. Muy podrido para las larvas. Para las adultas, la putrefacción dependía mucho del gusto.

Eso no era todo. Educación gratuita. Sanidad gratuita. Sexo por todas partes. Una renta generosa para las cucarachas demasiado vagas para trabajar. Cuando una cucaracha notaba la muerte cerca esta asquerosa sabandija podía elegir el final feliz que más le gustase. Por supuesto se reencarnaban en larvas con los recuerdos intactos. La sabiduría de las cucarachas no hacía más que crecer. Como Aznar se enterase, denunciaría el paraíso de las cucarachas ante el Consejo de Seguridad de la ONU y presionaría al Presidente del Gobierno de turno para iniciar acciones letales unilaterales contra estas alimañas

 

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