La
señora Margarita Uria no preguntó sobre la tortura y malos tratos.
Tampoco sobre la muerte y la enfermedad de los presos. No tuvo interés
en el aislamiento y la incomunicación. Ni en los accidentes. Y mucho
menos preguntó por la dispersión, quizás porque le podrían haber
respondido que ésta tuvo su principal valedor en el partido político de
la propia comisionada. Un PNV legitimador de la represión y de la más
cruel política penitenciaria, no sólo en cuanto a su diseño teórico y
cobertura en la puesta en práctica, sino como protagonista con sus
propios asesores en la Dirección General de IIPP.
Ni la señora
Margarita Uria ni ninguno de los parlamentarios y parlamentarias que
enarbolan los derechos humanos como bandera de combate tuvo la
remota ocurrencia de interesarse por las vejaciones y agresiones
sexuales sufridas por algunas de las detenidas en las últimas redadas
policiales. Sobre esto no tiene interés la señora Uria, no ya como
parlamentaria, sino ni siquiera como mujer. Y no se lo pregunta porque
sabe que el ser detenido/a como presunto etarra en una operación
represiva con la consiguiente cobertura mediática es suficiente motivo
para no tener ningún derecho, incluido el de no ser torturado. Decía la
hipocresía de arraigo: Quien roba a un ladrón tiene cien años de
perdón». Dicen los nuevos referentes de la ciudadanía: violentar al
agredido no es doble violencia, es justicia y silencio». Pero esto lo
sabemos todos, incluida la comisionada, que alaba a la señora Gallizo.
Y
entre tanta alabanza de personas de bien (no como yo que soy vasco y
rojo, además de varios istas), reflexioné si estaba equivocado. ¡Sé
positivo, Iñaki!, me dije. Imaginé que los muros de hormigón eran de
chocolate. Que de cabello de ángel estaba hecho el acero. Que los tres
presos muertos la pasada madrugada en las cárceles de Langraitz y Zuera
eran muñecos de mazapán. Pero, es curioso, no conseguí imaginarme a la
señora Gallizo siendo otra cosa que lo que es, como lo eran sus
predecesores.
Cuando el PSOE ganó las últimas elecciones
generales se levantaron ciertas expectativas entre quienes son dados a
creárselas, ya sea por ingenuidad o por necesidad. Ilusiones que en
política generalmente el tiempo las demuestra falsas. Lo mismo ocurrió
con el nombramiento de la señora Gallizo como directora general de
IIPP. Aunque en un principio los numerosos relevos en las direcciones
de las cárceles pudieron tomarse como preludio de cambios más
significativos, el conocer la relación nominal de los nombramientos me
reafirmó en la convicción de que el único horizonte de justicia en las
prisiones es la demolición de sus muros. Esperanza ésta que por utópica
que parezca es mucho más realista, sin carga de hipocresía, que
pretender o esperar que el hormigón y el hierro encierren derechos
humanos en lugar de violencia y sufrimiento.
En esta prisión de
Algeciras, la señora Gallizo destituyó al director Miguel ángel
Rodríguez, alias el Tragasables. Profesional culto que reaccionaba
inmediatamente al escuchar el nombre de un preso político vasco. Y
fluidamente hilaba un discurso elaborado: Las resoluciones judiciales
de los etarras me las paso por el forro de los cojones». Todo un viejo
conocido del colectivo de presos políticos vascos que no ha sido
destituido por acumular montañas de denuncias e irregularidades. Ni
siquiera lo ha sido por una pequeñez como la de, presuntamente, meter
la mano en el cajón del dinero en el C.P. de Puerto II y por lo que fue
expedientado. Ha sido destituido por no ser del mismo partido político
que la señora Gallizo. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Pongo la
televisión. Informan sobre el festival de cine de Huelva. Junto al
actor Imanol Arias, haciéndole los honores, casi babeando alrededor
suyo, me parece reconocer un rostro de desagradables recuerdos. Tiene
el pelo blanco y la apariencia muy envejecida, aunque no será por la
conciencia que le perturba. En todo caso será por el castigo de los
excesos. Siento el consuelo tonto de comprobar que, en esta ocasión, el
torturador tiene peor apariencia que los torturados. No hay duda. Esa
cara la tenemos marcada en nuestra memoria a golpes de malos tratos y
hambre. Es Francisco Sanz. Subdirector de la prisión de Málaga.
Director del Salto del Negro, de Puerto II, del C.P. de Huelva en la
actualidad, donde ha organizado que algunos presos otorguen un premio
cinematográfico dentro del festival. Por esto babea alrededor de Imanol
Arias y lo primero que me viene a la mente ante la imagen es
preguntarse si el actor habrá notado el surco de la porra y la humedad
de la sangre al darle la mano. En el C.P. de Huelva no parece que haya
habido cambio de director.
La lista de los nuevos nombramientos
es larga, hasta 21 nombres y 10 más por cambio de destino. Algunos
apellidos me hacen rebuscar en la memoria. Era el año 1977, creo,
porque el único archivo con el que cuento, mi cerebro, tampoco es un
disco duro. En todo caso, eran los años posteriores a la muerte del
general Franco, cuando la sociedad desbordaba ilusión y los partidos
políticos conspiraban para destruirla. Caminaba por Madrid un día de
aquellos muchos de manifestación en demanda de amnistía y libertad.
Dejé atrás la Gran Vía. Subí por la calle de los Libreros y, a la
altura del desaparecido hotel Darde, me topé con un grupo de jóvenes
como yo, que bajaban corriendo y chillando han disparado». Con más
curiosidad que precaución, continué hasta el final de la calle. Torcí a
la derecha tomando la de La Estrella y, algunos metros más allá, estaba
un joven tendido en el suelo, muerto en un charco de sangre. Aquello se
llenó de grises y parece que quienes habían disparado eran argentinos
de la Triple A. ¡Qué más da! Una de aquellas siglas que escondía todas
lo mismo, y que reaparecen cuando es necesario.
El joven muerto
se llamaba Arturo Ruiz y tenía un hermano que empezó siendo de
izquierdas y terminó siendo del PSOE y haciéndose carcelero.
Funcionario de prisiones de confianza, tanto, que prestaba su despacho
de madrugada en la prisión de Almería para que se celebrasen
conversaciones secretas entre enviados del Gobierno y representantes de
una organización revolucionaria armada que NO es ETA. De esas
negociaciones que nunca existen, y si existen se niegan. Arturo Ruiz
murió un día de lucha por la amnistía y la libertad y su hermano vive
para cercenarla. Y vive bien como nuevo director del C.P. de Sevilla II.
Jesús
Eladio del Rey Reguillo, alias el Tirillas, nombrado nuevo director del
C.P. de Valdemoro. Y lo primero que me viene a la cabeza es el motín
del módulo I de Herrera de la Mancha en el año 1988 en el que de poco
más de 40 presos políticos vascos la mitad pasamos por la enfermería y
cinco compañeros acabaron con roturas de huesos en el hospital. Una
imagen esperpéntica aquella del Tirillas con un cuchillo de monte en la
mano al frente de un nutrido grupo de carceleros y guardias civiles,
recorriendo las galerías del módulo de celda en celda e indicando quién
debía recibir sesión de palos simple o doble.
Manuel Martínez
cano, alias el Morritos, nombrado nuevo director del C.P. de Jaén.
Provocador y detonante del anterior motín referido y cuyo único
recuerdo agradable que puede haber dejado en algún preso es el que se
le viera totalmente acobardado y rociado de polvo blanco a golpe de
extintor de un compañero en aquel mismo motín.
Antonio Diego
Martín, nombrado director del C.P. de Puerto II y procesado por
torturas y rigor innecesario en la prisión de Sevilla II. Juzgado junto
al ex director general de IIPP, Antonio Asunción, nunca fue apartado de
su trabajo represivo, ejerciéndolo hasta ahora en la prisión de
Melilla. Los presos engrilletados durante semanas a los catres. Las
sesiones de tortura, desnudos y rociados de agua, los lamentos y
chillidos, nunca merecieron un solo día de cese en su cargo. Al
contrario, merecen un ascenso al llegar la señora Gallizo.
Para
qué continuar con el listado. Me he convencido. La nueva política
penitenciaria del nuevo Gobierno del señor Rodríguez Zapatero consiste
en recuperar o promocionar a los personajes de más triste recuerdo para
los presos en general y para el Colectivo de presos políticos vascos en
particular. O en mantener en su cargo a quienes ya cumplen aquellos
requisitos.
Las expectativas se han cumplido. O a lo mejor me
equivoco y los torturadores son capaces de luchar contra la tortura.
Experiencia no les falta. Y entonces, incluso yo sería capaz de
imaginarme a la señora Gallizo de otra manera de la que es. -