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Inmerso en el Torbellino

Más de media vida viendo a psiquiatras

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Cuando los médicos te enganchas por una condición seria es fácil que no te vuelvan a soltar en muchos años. Eso es más verdad aún para las condiciones crónicas como el trastorno bipolar

 

Mi primer contacto con los psiquiatras fue justo después de mi primer ingreso en marzo de 1987.  Ese ingreso fue ocasionado por el amor, como tantas otras de mis descompensaciones.  Estaba enamorado de una compañera de la universidad y yo me iba a vivir a Montreal, en Canadá, en setiembre de ese año.  Toda mi vida he sido bastante parado. Yo deseaba mantener el contacto con esta maravillosa mujer desde Canadá.  Sabía que a menos que cambiara, no tendría energía suficiente para mantenerla en mi vida.  Al enloquecer me sentí lleno de energía.  De un día para otro pasé de ser una verdadera mierda a ser superhumano, pletórico de energía y fuerza.  Podía con todo que se me cruzara en el camino.

 

Me aferré a la locura como si fuera un clavo ardiendo.  No quería ser ese Batiscafo parado que deja atrás todo lo que le es importante.  Deseaba luchar por las cosas que importaban para mí.  Fui ingresado en un hospital del ejercito del aire durante un par de semanas. En el hospital aparentaba estar tranquilo y me dieron el alta.  Al regresar a mi casa seguí loqueando y al poco tiempo fui ingresado en el hospital Gómez Ulla del ejercito de tierra.  Ahí no mejoraba.  Llegué a tener grandes lagunas de memoria.  Recuerdo que en un momento de conciencia estaba atado a la cama con una mano libre.  Tenía ganas locas de mear.  Gritaba y gritaba para que me trajesen un orinal portátil.  No lo hicieron.  Me di media vuelta en la cama y meé.  El siguiente momento de lucidez estaban fregando el suelo de mi habitación.  En otro momento de lucidez una enfermera me preguntó si recordaba haberla dado una patada.  En otro momento de lucidez vuelvo a la conciencia con mi puño encima de la cabeza del siquiatra que me trataba, listo para golpearle con toda mi fuerza.

En Canadá tenía el alma muerta.  Perdí totalmente el contacto con la mujer de la cual me había enamorado.  Justo lo que quise evitar, aferrándome a mi locura.  Mis padres, siempre deseando lo mejor para mí, me consiguieron un psiquiatra español, que había emigrado a Canadá.  Ese psiquiatra era muy buena persona pero no era buen profesional.  Después de cada ingreso que tenía, me seguía manteniendo con la misma medicación.  Mi experiencia de los 23 años que llevo arrastrando el trastorno bipolar me han convencido que si hay una descompensación severa, es necesario cambiar la medicación.  Al final no le quedó más remedio que hacer un cambio en mi medicación.  Yo estaba tomando litio al llegar a Canadá.  No me estabilizaba.  El único efecto que tenía el litio es que yo padecía de diarrea crónica.  Al llegar a una concentración tóxica de litio en sangre, me cambió la medicación a ácido valpróico.

Dr. Cerrolaza se jubiló.  Se encargó de mi bien estar una médico de familia que le gustaba trabajar en el mundo de la psiquiatría.  Yo por aquel entonces me estaba planteando muy seriamente el suicidio.  Agregué una dosis baja de haloperidol, un antisicótico, a lo que tomaba cada día.  Eso me ayudó a mantenerme estable, aún con el inmenso dolor emocional que me causaban mis pensamientos autolíticos.  Mis fantasías de acabar con mi vida se acabaron cuando mi primo y mejor amigo por aquel entonces me preguntó porqué no me mataba.  Al no encontrar respuesta a esa pregunta, dejé de plantearme el tema del suicidio.

Tuve varios años de estabilidad.  En setiembre del 2009 me mudé a Madrid desde Montreal y tardé muy poco en encontrar trabajo.  Mi querido médico de cabecera me recetaba medicación para varios meses cada vez que le visitaba.  No tenía psiquiatra.

Los psiquiatras me volvieron a coger de las pelotas cuando me quedé en el paro con la crisis de las punto com.  Mi segundo curso del paro era un verdadero horror.  La profesora era nefasta.  Empecé a coleccionar justificantes para faltar todo lo que podía al curso.  Así me fui al psiquiatra del centro de salud.  Para conseguir justificantes para faltar a un curso del paro. Desde el principio he tenido muy buena relación con Dr. Caceres.  Mucha afinidad en el sentido del humor.  Siempre me ha sido muy agradable compartir espacio con él.

Yo era muy inseguro por aquel entonces.  No sabía que me podían atender de urgencias.  No me sabía lo suficientemente importante.  Los efectos secundarios de tantos años considerándome una mierda.  Además de ser seguido por Dr. Cáceres, me seguía Mamen, la enfermera siquiátrica.  Mamen era como una segunda madre, muchas veces dando consejos de lo que tenía que hacer en mi vida, como comer mejor, fumar menos y cositas irritantes como estas.  Hubo veces que me cansé tanto de mi segunda madre que dejé de asistir muchos meses a la consulta siquiátrica.

Dr. Cáceres me ayudó a cambiar de ácido valproico a Lamotrigina hace varios años.  Mi estabilidad con el Depakine era buena pero yo pesaba 102 kg con mi metro sesentaicinco y ya estaba empezando a desarrollar diabetes.  Perdí bastante peso con la Lamotrigina.  Otro factor que ayudó en que perdiera más de veinte kilos en un año fue que estuve ese año bebiendo vino en vez de cerveza y empecé a caminar regularmente.  Solía ir andando del trabajo a casa, más de una hora.  El proceso de cambio de un estabilizante al otro fue bastante movido, pero no hubo problemas mayores que un pequeño enrojecimiento de mi pecho.  La Lamotrigina puede provocar reacciones alérgicas muy severas si no se aumenta poco a poco la dosis.

Tuve algunas descompensaciones.  Una de las más severas fue cuando me enamoré de Susana.  No cambiaba en nada mi tratamiento cuando perdía el equilibrio por lo que tardaba bastantes semanas en volver a la normalidad.  Fui aprendiendo que si aumentaba mi dosis de Risperidona, las descompensaciones se me pasaban en muy pocos días.

Después llegó el momento que me enamoré de Tareixa y tuve mi ingreso en el 2007.  Seguía mezclando alcohol con la medicación siquiátrica, como llevaba haciendo toda mi vida.  Antes no notaba ningún efecto secundario desagradable.  Después del ingreso me descompensaba cada pocas semanas.  Dr. Caceres fue ajustando mi medicación, y en un periodo de dos años probé muchas combinaciones de medicamentos distintos.  Risperdal inyectable fue el primero.  Después Invega por pastilla.  Con este medicamento se me disparó mi agresividad.  Después Risperdal por pastilla.  Ninguno me estabilizaba con mi consumo de alcohol.  A medida que pasaba el tiempo, cada vez me mostraba más y más agresivo por escrito en los artículos de mi blog.  Mis amigos se estaban mostrando cada vez más preocupados y empecé a perder amigos.  Decidí reducir drásticamente mi consumo del alcohol.  Desde junio del 2009 bebo mucho menos. No he probado ni gota desde el 8 de enero del 2010.

Junio del 2009 me marcó profundamente.   Escribí un artículo extremadamente agresivo aquí en megustafumar que fue censurado por Tareixa, mi novia gallega.  Mi siquiatra estaba tan preocupado que me derivó al Centro de Atención al Drogodependiente (CAD) de la Latina.  Hice varias visitas de urgencia al servicio de siquiatría de mi hospital.  No me quisieron ingresar.  Mi siquiatra me cambio la medicación.  Todos mis allegados estaban muy preocupados conmigo.

Desde ese artículo tan agresivo que escribí en junio del 2009 estoy tomando un antisicótico inyectable llamado Clopixol.  Es un antisicótico más o menos antiguo.  La Risperidona inyectable costaba más de 150 euros la  dosis.  El Clopixol cuesta cinco euros.  Me lo inyectan cada dos semanas.  No estoy contento con los resultados. Desde que uso Clopixol he hecho tres viajes al extranjero.  Al regreso de cada uno de los viajes me he descompensado.  Me he descompensado tras dos sesiones particularmente brutales con mi trabajador social en el CAD.  Tras varios años sin atisbos de ánimo bajo, he rozado muchas veces la depresión.  He tenido una descompensación sin motivo aparente y sin consumo de alcohol.  No estoy muy contento con el resultado de este antisicótico.  Pero muchas veces me mantiene callado sin molestar, por lo que le gusta  a mi siquiatra y a mi familia.

Mi primer contacto con los psiquiatras fue justo después de mi primer ingreso en marzo de 1987.  Ese ingreso fue ocasionado por el amor, como tantas otras de mis descompensaciones.  Estaba enamorado de una compañera de la universidad y yo me iba a vivir a Montreal, en Canadá, en setiembre de ese año.  Toda mi vida he sido bastante parado. Yo deseaba mantener el contacto con esta maravillosa mujer desde Canadá.  Sabía que a menos que cambiara, no tendría energía suficiente para mantenerla en mi vida.  Al enloquecer me sentí lleno de energía.  De un día para otro pasé de ser una verdadera mierda a ser superhumano, pletórico de energía y fuerza.  Podía con todo que se me cruzara en el camino.
Me aferré a la locura como si fuera un clavo ardiendo.  No quería ser ese Batiscafo parado que deja atrás todo lo que le es importante.  Deseaba luchar por las cosas que importaban para mí.  Fui ingresado en un hospital del ejercito del aire durante un par de semanas. En el hospital aparentaba estar tranquilo y me dieron el alta.  Al regresar a mi casa seguí loqueando y al poco tiempo fui ingresado en el hospital Gómez Ulla del ejercito de tierra.  Ahí no mejoraba.  Llegué a tener grandes lagunas de memoria.  Recuerdo que en un momento de conciencia estaba atado a la cama con una mano libre.  Tenía ganas locas de mear.  Gritaba y gritaba para que me trajesen un orinal portátil.  No lo hicieron.  Me di media vuelta en la cama y meé.  El siguiente momento de lucidez estaban fregando el suelo de mi habitación.  En otro momento de lucidez una enfermera me preguntó si recordaba haberla dado una patada.  En otro momento de lucidez vuelvo a la conciencia con mi puño encima de la cabeza del siquiatra que me trataba, listo para golpearle con toda mi fuerza.
En Canadá tenía el alma muerta.  Perdí totalmente el contacto con la mujer de la cual me había enamorado.  Justo lo que quise evitar, aferrándome a mi locura.  Mis padres, siempre deseando lo mejor para mí, me consiguieron un psiquiatra español, que había emigrado a Canadá.  Ese psiquiatra era muy buena persona pero no era buen profesional.  Después de cada ingreso que tenía, me seguía manteniendo con la misma medicación.  Mi experiencia de los 23 años que llevo arrastrando el trastorno bipolar me han convencido que si hay una descompensación severa, es necesario cambiar la medicación.  Al final no le quedó más remedio que hacer un cambio en mi medicación.  Yo estaba tomando litio al llegar a Canadá.  No me estabilizaba.  El único efecto que tenía el litio es que yo padecía de diarrea crónica.  Al llegar a una concentración tóxica de litio en sangre, me cambió la medicación a ácido valpróico.  
Dr. Cerrolaza se jubiló.  Se encargó de mi bien estar una médico de familia que le gustaba trabajar en el mundo de la psiquiatría.  Yo por aquel entonces me estaba planteando muy seriamente el suicidio.  Agregué una dosis baja de haloperidol, un antisicótico, a lo que tomaba cada día.  Eso me ayudó a mantenerme estable, aún con el inmenso dolor emocional que me causaban mis pensamientos autolíticos.  Mis fantasías de acabar con mi vida se acabaron cuando mi primo y mejor amigo por aquel entonces me preguntó porqué no me mataba.  Al no encontrar respuesta a esa pregunta, dejé de plantearme el tema del suicidio.
Tuve varios años de estabilidad.  En setiembre del 2009 me mudé a Madrid desde Montreal y tardé muy poco en encontrar trabajo.  Mi querido médico de cabecera me recetaba medicación para varios meses cada vez que le visitaba.  No tenía psiquiatra.
Los psiquiatras me volvieron a coger de las pelotas cuando me quedé en el paro con la crisis de las punto com.  Mi segundo curso del paro era un verdadero horror.  La profesora era nefasta.  Empecé a coleccionar justificantes para faltar todo lo que podía al curso.  Así me fui al psiquiatra del centro de salud.  Para conseguir justificantes para faltar a un curso del paro. Desde el principio he tenido muy buena relación con Dr. Caceres.  Mucha afinidad en el sentido del humor.  Siempre me ha sido muy agradable compartir espacio con él.
Yo era muy inseguro por aquel entonces.  No sabía que me podían atender de urgencias.  No me sabía lo suficientemente importante.  Los efectos secundarios de tantos años considerándome una mierda.  Además de ser seguido por Dr. Cáceres, me seguía Mamen, la enfermera siquiátrica.  Mamen era como una segunda madre, muchas veces dando consejos de lo que tenía que hacer en mi vida, como comer mejor, fumar menos y cositas irritantes como estas.  Hubo veces que me cansé tanto de mi segunda madre que dejé de asistir muchos meses a la consulta siquiátrica.
Dr. Cáceres me ayudó a cambiar de ácido valproico a Lamotrigina hace varios años.  Mi estabilidad con el Depakine era buena pero yo pesaba 102 kg con mi metro sesentaicinco y ya estaba empezando a desarrollar diabetes.  Perdí bastante peso con la Lamotrigina.  Otro factor que ayudó en que perdiera más de veinte kilos en un año fue que estuve ese año bebiendo vino en vez de cerveza y empecé a caminar regularmente.  Solía ir andando del trabajo a casa, más de una hora.  El proceso de cambio de un estabilizante al otro fue bastante movido, pero no hubo problemas mayores que un pequeño enrojecimiento de mi pecho.  La Lamotrigina puede provocar reacciones alérgicas muy severas si no se aumenta poco a poco la dosis.
Tuve algunas descompensaciones.  Una de las más severas fue cuando me enamoré de Susana.  No cambiaba en nada mi tratamiento cuando perdía el equilibrio por lo que tardaba bastantes semanas en volver a la normalidad.  Fui aprendiendo que si aumentaba mi dosis de Risperidona, las descompensaciones se me pasaban en muy pocos días.
Después llegó el momento que me enamoré de Tareixa y tuve mi ingreso en el 2007.  Seguía mezclando alcohol con la medicación siquiátrica, como llevaba haciendo toda mi vida.  Antes no notaba ningún efecto secundario desagradable.  Después del ingreso me descompensaba cada pocas semanas.  Dr. Caceres fue ajustando mi medicación, y en un periodo de dos años probé muchas combinaciones de medicamentos distintos.  Risperdal inyectable fue el primero.  Después Invega por pastilla.  Con este medicamento se me disparó mi agresividad.  Después Risperdal por pastilla.  Ninguno me estabilizaba con mi consumo de alcohol.  A medida que pasaba el tiempo, cada vez me mostraba más y más agresivo por escrito en los artículos de mi blog.  Mis amigos se estaban mostrando cada vez más preocupados y empecé a perder amigos.  Decidí reducir drásticamente mi consumo del alcohol.  Desde junio del 2009 bebo mucho menos. No he probado ni gota desde el 8 de enero del 2010.  
Junio del 2009 me marcó profundamente.   Escribí un artículo extremadamente agresivo aquí en megustafumar que fue censurado por Tareixa, mi novia gallega.  Mi siquiatra estaba tan preocupado que me derivó al Centro de Atención al Drogodependiente (CAD) de la Latina.  Hice varias visitas de urgencia al servicio de siquiatría de mi hospital.  No me quisieron ingresar.  Mi siquiatra me cambio la medicación.  Todos mis allegados estaban muy preocupados conmigo.
Desde ese artículo tan agresivo que escribí en junio del 2009 estoy tomando un antisicótico inyectable llamado Clopixol.  Es un antisicótico más o menos antiguo.  La Risperidona inyectable costaba más de 150 euros la  dosis.  El Clopixol cuesta cinco euros.  Me lo inyectan cada dos semanas.  No estoy contento con los resultados. Desde que uso Clopixol he hecho tres viajes al extranjero.  Al regreso de cada uno de los viajes me he descompensado.  Me he descompensado tras dos sesiones particularmente brutales con mi trabajador social en el CAD.  Tras varios años sin atisbos de ánimo bajo, he rozado muchas veces la depresión.  He tenido una descompensación sin motivo aparente y sin consumo de alcohol.  No estoy muy contento con el resultado de este antisicótico.  Pero muchas veces me mantiene callado sin molestar, por lo que le gusta  a mi siquiatra y a mi familia.

 

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